Y volví en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis hermanos, y me recogí silenciosamente.

Todos dormían.

Ninguno me había sentido entrar, como ninguno había sentido salir á Margarita.

Sufrí... ¡oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; sólo recuerdo que sufrí mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de mí mismo mi sufrimiento; le ahogué para que nadie me preguntase, para que nadie supiese por una debilidad mía el secreto de Margarita, que sólo sabíamos la noche y yo... y Dios que lo ve todo.

Al día siguiente...

Figuráos, señor Alonso, una madre que busca á su hija, y no la encuentra; un padre que no se atreve á pensar en su hija para maldecirla, ni puede pensar en su desaparición sin suponerlo todo... suponedme á mí ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de los demás protegió al mío... yo callé... callé... porque su padre no la maldijese, y su padre no la maldijo.

Poco tiempo después, su padre murió... luego su madre, después de cuatro años de viudez: sus hermanas se habían casado, sus hermanos se habían alejado del pueblo... me habían propuesto que los siguiese... pero yo tenía otros proyectos.

—¡Buscar á Margarita!—dijo Alonso del Camino.

—No—dijo con acento severo el padre Aliaga—; buscar á Dios.

¿Os hicísteis entonces fraile?