—¡La reina!

—Sí—dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y entrecortada—: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos.

—¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!

—¿No os he dejado una prenda?

—Pero...

—No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós.

Y la tapada tiró una calleja adelante.

El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.

—¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!—dijo nuestro forastero, echando al aire la daga y la espada.

El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió al joven.