—Un combate...

—No, un tirano...

—Téngoos lástima...

—¡Ah!

—El tío Manolillo tiene unas cosas muy singulares—dijo Dorotea.

—¡Me voy!—exclamó el tío Manolillo.

—¿Y no almorzaréis con nosotros?

—El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós.

Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar violentamente las escaleras y salió.

—No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo—dijo Quevedo.