De repente se estremeció y palideció.
Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose.
Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada.
No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror.
En efecto, había sido distinta la causa.
La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir por la abertura una sombra negra.
Su sobresalto, pues, era muy natural.
Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios.
Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición del otro mundo.
—¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!—dijo aquel hombre poniéndose un dedo sobre los labios—; ¿no veis que vengo solo y de una manera misteriosa?