Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tenía ni podía tener más que una hija de confesión en el convento, y aun en los conventos de la población en que se encontraba.
¿Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile ó un clérigo se hubiese atrevido á tener á su cargo más de una conciencia en la comunidad?
Esto hubiera sido una especie de adulterio sui generis.
No ha existido, ni existe, ni existirá, monja que pueda tolerar tal cosa.
Lo más, lo más que sucede es lo siguiente:
Se pone malo un confesor, y en un día de confesión se encuentra huérfana una monja.
Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialísima, cede su confesor á la monja huérfana.
Y la rivalidad llega hasta á los regalos que las buenas madres hacen á sus confesores.
Que sor Fulana envió el día de su santo una bizcochada magnífica á su director espiritual.
Que sor Fulana pretende sobreponerse, y envía al jefe de su conciencia otra bizcochada mejor.