—Hacedle entrar, madre Ignacia.
Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había en él y se puso á escribir.
Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.
Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.
Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.
—Quien huye, teme—dijo Quevedo.
—Pues no, no sé—dijo saliendo Montiño—por qué deba yo temeros.
—Vos debéis haber venido aquí para algo malo.
—¿Yo?
—Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta del duque de Lerma á la abadesa.