—¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?
—No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo de pasadizos.
—Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo primero.
—Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis dificultades.
—¡Dificultades! ¡á qué!
—Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.
—Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por discreta.
—La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella.
—¡Yo, señor!...
—Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo entendéis?