—¡Misterios del espíritu!—murmuró Quevedo—; ¡no nos comprendemos! ¡la ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo presiento... porque veo... observo... y me asombro!
—¿De qué os asombráis?
—De mí mismo.
—Sois un pozo obscuro.
—Porque me hundo en mi alma.
—¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?
—¿Y qué es lo terrible?
—Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...
—Sí, sí; mi amigo Juan.
—Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer doloroso... debí ponerme pálida.