Permanecía, pues, acurrucado en su silla.
Y póngase cualquiera en su situación, en aquella situación anormal, aflictiva, deshonrosa, interesados el corazón y la vanidad, todo herido, todo magullado en su alma; encontrábase de repente solo en el mundo, porque todo lo que constituía su familia era ficticio: su mujer no era su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino.
Hacía casi veinticuatro horas que estaba sonando para él la trompeta del juicio final.
Su hermano muerto, su corazón amargado; su cocina, que constituía para él la mitad de su alma, abandonada.
Y además de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no sabía cómo salir; amenazado casi con la Inquisición...
La cabeza de Francisco Martínez Montiño era un hervidero.
Y en este hervidero se le olvidó una cosa importantísima: esto es, la carta que la madre Misericordia le había dado para el duque de Lerma, y que se había llevado Quevedo.
Pero necesariamente, ó permanecía de una manera indefinida en la hostería del Ciervo Azul, ó tomaba un partido.
Montiño tomó el de acudir á donde le llamaba su pensamiento dominante.
A su casa.