—Y de algunos.
—Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.
Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga.
—En efecto—dijo—; Margarita...
—Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese nombre.
—¡Para mí!
—¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que amáis!...
—¡Que yo amo!
—¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el corazón.
—Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas.