—Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.

—¡Esperad!

—¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis tentaciones.

—Pero ¿qué tentaciones han sido esas?

—Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

—¡Cómo!

—Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.

—¡Doña Catalina!

—Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su alteza.

—¿Y seríais capaz?...