—Perdonad vos más bien—dijo Dorotea—, pero por vos y para vos soy una mujer nueva.
No hablaron más durante algunos segundos.
La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del sol.
—Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?
—Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?
—En que me expongo llevándoos al teatro.
—¡Que os exponéis!
—Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.
—¡Bah!—dijo con desprecio el joven.
—No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.