—Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta!

Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había devuelto la camarera mayor.

—¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero lo hace por venganza.

—¡Por venganza!

—Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe, no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón.

—Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

—Don Rodrigo no me ama... porque...

—¿Por qué?

—Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado de...

—¿De quién?—exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.