—Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras, según se le enredaban las letras y aun las sílabas—; doña Clara, en efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable... porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?—añadió el rey, saliendo bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba la conciencia.
—Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no recuerdo...—dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como quien medita...—¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el cual estaban esmaltadas nuestras armas.
—¡Nuestras armas!
—Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de sobreherretes, me había regalado vuestra majestad.
—¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo.
—Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara.
—Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara—dijo el rey—, cuando así los da á sus enamorados.
—¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo!
—¿Pero cómo le tenía don Rodrigo?
La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por insinuación de éste, á su señora.