Había oído un siseo.
El siseo volvió á repetirse.
—De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: acudo. ¿Es á mí?
—Sí por cierto—contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.
—¡Ah, lucero de mi obscura noche!—exclamó Quevedo—; creo que mi pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de encontraros.
—No podíais pasar por otra parte.
—¿Me esperábais?
—Con ansias del corazón.
—No digáis eso, si no queréis verme loco.
—Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis ansias, que de él estoy segura, sino por ella.