—Y quisiera que...

—Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.

—No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.

—Vendré; y adiós, señora.

—Adiós.

Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:

—¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!

Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina y dijo á la condesa de Lemos:

—Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla al momento.

CAPÍTULO XXXVI