—Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he oído.

—¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!—dijo el bufón.

—No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.

—¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores ilícitos?—dijo el padre Aliaga—; ¿por qué ligar á vos á un joven noble y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?

—Me estáis desgarrando el corazón—exclamó con una angustia infinita la Dorotea—; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.

—Es verdad—dijo con la voz opaca y convulsiva—; decid á una pobre niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.

—¡Manuel! ¡estáis loco!—exclamó el padre Aliaga.

—No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.

—¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!—dijo la Dorotea, pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del religioso.