—¿Qué habláis de señor, mi querido tío?—dijo Juan Montiño riendo—; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.

—Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado—, dijo Francisco Montiño—; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes—; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.

Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.

—¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?—dijo un lacayo al otro.

—Debe estar lleno de oro para pesar tanto—contestó el otro lacayo.

—Indudablemente—dijo un soldado—, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.

—Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería—dijo el otro soldado—, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.

—No eran sino seis—dijo el otro soldado—; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.