—¿Quién va?—dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente.

—¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! ¿Quién va?—añadió con interés la condesa.

—¡Ah!—dijo el hombre—; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo.

—Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.

Acercábanse entretanto los dos interlocutores.

—Pero hallo una mujer—dijo el de la linterna—, lo que no es poco, y me doy por bien hallado.

—Y yo—dijo la condesa con afecto—encuentro un hombre, y me doy por satisfecha.

—¡Ah! ¡doña Catalina!

—¡Ah! ¡don Francisco!

A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y de la linterna.