—¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.
—¿Por leer? Pues leamos.
—¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!
—Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.
Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.
—De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva—dijo—no conozco otra como la mujer.
Y siguió á paso lento.
Entretanto don Juan había doblado la esquina.
Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.
Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara: