—¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...

—Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.

—Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.

Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.

Esta la leyó.

—Me caso con vos—dijo, devolviéndosela.

—Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.

—¿No me amáis?...—dijo con impaciencia doña Clara...—pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?

—Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?

—Son las tres de la mañana—dijo doña Clara—y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.