—No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.
—¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!
—¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...
—El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...
—Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.
—Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.
—Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.
—¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!
—La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que doña Clara se sacrifica por ella.
—¡Mentira, mentira y más mentira!