Don Juan miraba de una manera avara á la joven.
La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.
Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular que era feliz.
Y sin embargo, no miraba al joven.
Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.
Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo:
—Esperad un momento, señor.
El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.
La puerta se cerró.
Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa.