—Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?
—Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.
—Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas cartas, señor?
—Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí aquellas cartas.
—¿Y qué habéis pensado de la reina?
—Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien.
—Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.
—Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...
—Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...—dijo doña Clara con amargura.
—Hacíais un sacrificio por su majestad.