—¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real.
Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se marchaba.
—Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?
—Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á persona viviente.
—¡Cómo!
—No recibe en su casa por dos muy buenas razones.
—¿Y cuáles son esas buenas razones?
—La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías.
—¡Bah! Pero recibirá en la cocina.
—Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.