—Ya he dado con ella.

—¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.

—¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

—¡Oh, Dios mío!—murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas—, creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?

Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:

—Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.

Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.

CAPÍTULO IV