—Se trata de que taséis esta alhaja—dijo don Juan dándole el estuche.

Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija.

—Muy rico es quien ha mandado montar este diamante—dijo con una entonación particular el platero.

—En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de esa joya, ¿á cuánto ascenderá?

—¿Queréis venderla?

—Os pregunto que cuánto vale esa joya.

—¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.

—No haríais mal negocio.

—No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor, tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años.

—En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y empeñarla por horas.