—Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo...
—¡Los sótanos!—exclamó doña Ana.
—Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte... concluyamos por el momento, que yo volveré.
—Esperad... esperad... voy á abrir las puertas—dijo con angustia doña Ana—para que nada nos entretenga—y salió y volvió poco después.
Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron.
Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.
Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una sala lóbrega.
—Dejémosle aquí—dijo.
—Por el amor de Dios—dijo doña Ana—; que no sé cómo vos me conocéis; vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre ha salido por el postigo...
—En lo que harás muy bien—dijo el tío Manolillo—será en soltarlos de las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á otra parte!