—Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.
—¿Y por qué no vinísteis?
—Tenía miedo.
—¿Qué hicísteis, pues?
—Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.
—De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con verdad.
—Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis, que bien he menester de amparo.
—Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?
—En el convento, por la carta de la madre Misericordia.
—¿Y luego?