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I.
En la cumbre del Zenete,
que está mirando á la Alhambra
y á las dos torres Bermejas,
y á la Vega, que se ensancha
al Poniente, con sus rios,
que, como cintas de plata,
relucen entre la bruma
de la noche solitaria
por la luna esclarecida,
se eleva la torre blanca,
con sus bellos azulejos
y sus ricas ajaracas,
de la famosa mezquita
donde el sepulcro se guarda
en que el cuerpo se venera
del santon Sydi Ben-Dara.
Á la base de la torre
se adhiere una pobre tapia,
que coronan descollantes
los pámpanos de una parra,
y en ella, por una puerta
estrecha, mezquina y baja,
á un pequeño huertecillo,
bello y frondoso, se pasa.
Dentro, en la alberca, se escucha
del débil chorro del agua
la monótona caida,
y el gemido de las auras
en las rojas amapolas,
en las dulces pasionarias,
en la espesa madreselva
y en las higueras enanas,
que, con torcidas raíces,
como bulbosas arañas,
á las grietas del muro
de la mezquita se agarran.
La fragancia se respira
de las flores y las plantas,
y todo anunciar parece
paz y contento en la casa
que, al fondo, con ornamentos
de verde yedra se alza.
¡Cuánto, mintiendo, extravian
las apariencias villanas!
Aquel huertecillo verde,
aquella tranquila estancia
que hace pensar en un nido
que á su culto amor consagra,
de Ataide, el desventurado,
es la doliente morada,
que en ella la triste Ayela
se extingue como una lámpara,
que al fin de una horrenda noche
sin pábulo muere exhausta.
Sentada sobre una estera,
sobre una estera de palma,
pálida como la muerte,
como el dolor apenada,
tendidas las blancas trenzas
sobre la encorbada espalda,
trenzas que dicen bien claro
que nunca ha sido casada.
Ayela en silencio reza,
y las leves cuentas pasa
de un rosario de marfil
con sus manos descarnadas,
y á pesar de todo, hermosas,
que cual al frio del alma,
en convulsion persistente
se agitan, y apénas bastan
á sostener del rosario
la ligerísima carga.
Una candela en un nicho
con su luz rojiza baña
del reducido aposento
las paredes blanqueadas,
que, si aparecen desnudas,
por su limpieza resaltan.
Un capacete sencillo,
una luciente coraza,
una pica de dos hierros
y una pesada hacha de armas,
agrupados en panoplia,
penden allá de una escarpia,
y en el fondo del hogar,
de la cena retrasada,
se oye el hervor insistente,
al que el quejido acompaña
de la vejez, ya caduca,
de un grande perro de caza,
todo á lo largo tendido
ante los piés de su ama.
Ya ha pasado un gran espacio
desde que la voz enfática
del muecin de la mezquita,
llamó á la postrer plegaria
de la noche á los creyentes.
¿Cómo tanto Ataide tarda?
Su cuidado maternal,
recelando una desgracia,
Ayela con más ferviente
dolor reza, ansiosa aguarda
á que entre el silencio suenen
las presurosas pisadas
de Ataide, cruzando el huerto,
y miéntras reza y se espanta,
de sus ojos su desdicha
rebosa en ardientes lágrimas.
II.
Aun es hermosa, y en vano
la enfermedad, la tristeza
de su marchita belleza,
anublan el esplendor;
y áun á pesar de las canas
que emblanquecen sus cabellos,
hay en sus ojos destellos
de juventud y de amor.
Amor doliente, infinito,
mal herido, acongojado,
en ardoroso cuidado,
en apenador afan;
corriente de desventura,
que la materia mezquina
gasta, corroe, calcina,
como el fuego en un volcan.
Desesperantes, crueles
los dolores de su vida,
por su mente enloquecida
pasan en negro tropel,
y eterno, indeleble, horrible
un pavoroso momento,
en su corazon sangriento
mantiene viva la hiel.
No ha pasado un solo dia:
espantosa, aterradora,
es siempre la horrenda hora
del crímen y la maldad;
es lo que ensueño parece
por el infierno abortado,
lo infame al horror llevado;
lo infinito en la crueldad.
La mar, que á la brisa ondula
y al sol poniente riela,
deja ver la blanca vela,
recortándose en la luz,
que el ocaso enciende en fuego,
de esbelta nave galana
que de la costa africana
viene al verjel andaluz.
¡Ay de la vírgen morena
que al pié de la ingente roca
contra la que brava choca,
rompiendo espumas la mar,
sin miedo acercarse mira
la nave que blandamente,
mueve la brisa indolente
la azul llanura al rizar!
¡Ay de la tribu que errante
vino de Arabia en mal hora
á aquella roca traidora
y sus tiendas alzó allí!
que viene en la nave aquella
el feroz lobo marino,
almirante granadino
Ben Jucef-el-Meriní.
Se oculta el sol: ya es la noche:
la brisa se torna en viento,
que en largo sonoro acento
anuncia la tempestad,
y sobre la mar inquieta,
cubierta de blanca espuma,
negra y espesa la bruma
aumenta la oscuridad.
En tanto, la galeota
que el fiero Jucef comanda,
de la ensenada en demanda,
que está de la roca al pié,
llega, las anclas arroja
y al agua lanza el esquife,
que embiste en el arrecife,
donde el aduar se ve.
Los árabes, sin recelo
de un barco en que está arbolada
la bandera de Granada,
del rey en prenda y señal,
á Aben Jucef se adelantan
y en paz le tienden la mano,
como á un cariñoso hermano
de igual raza y ley igual.
Con antorchas le esclarecen
el camino, y á su llama,
que en chispas se desparrama
del viento bajo el furor,
de Ayela ve el almirante
la sobrehumana hermosura,
y súbita llama impura
prende en él de un torpe amor.
—¡Ah la hurí!—temblando dice;
y volviéndose á su gente—
¡llevadla!—añade vehemente
con fiero acento brutal;
y aquella voz pavorosa
que á los árabes sorprende,
su honrada cólera enciende
y es del combate señal.
Á poco las tiendas arden,
gritos de muerte se escuchan,
presto los tristes no luchan
degollados en monton,
y Ayela, de horror transida,
entre unos brazos se siente,
y ve una mirada ardiente
que la hiela el corazon.
¡El vértigo! luégo nada;
insensible, muda, inerte,
un letargo que á la muerte
se pudiera comparar,
la domina, y cuando vuelve
en sí, con asombro toca
un dentellon de la roca,
á donde la echó la mar.
El sol brilla en el Oriente,
y la azul onda serena
se rompe en la blanca arena
con dulce cadente són;
y graznan las gaviotas,
sus blancas alas mojando,
la abrupta base rozando
del solitario peñon.
Los miembros atormentados,
de dolor temblando y frio,
con espantoso extravío
en su anhelante mirar,
vagamente recordando
rojas visiones tremendas,
Ayela busca las tiendas
de su querido aduar.
Ni un vestigio, ni un despojo
en la arena abandonada;
la mar, entónces rizada,
cuando el huracan la hinchó,
el arrecife asaltando,
bravía por él subiendo,
cuanto al paso halló barriendo,
sólo á Ayela respetó.
¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola
que, cogiéndola en su espalda,
en la dentellada falda
de la roca, sin piedad,
la arrojó, que mejor fuera
que implacable la matára,
porque infeliz no llorára
su desolada orfandad!
Lentamente su memoria,
con el marasmo luchando,
la fué el crímen revelando
infame, horrible, cruel;
y fiera gritó, en la altura
los airados ojos fijos:
—¡Malditos sean sus hijos
y cuantos vinieren de él!
¡Que perezca cuanto ame!
¡Que su corazon de fiera
lento y lento el dolor hiera
y no le mate el dolor!
¡Que sus noches el infierno
llene con sueños de espanto!
¡Que nunca aplaque su llanto
la cólera del Señor!
III.
Y esta maldicion horrible
que del dolor en la hora
Ayela desesperada,
de justa venganza ansiosa,
pronunció contra el malvado,
ignorando su deshonra,
ignorando que era madre,
cuando lo fué en su memoria,
se sublevó turbulenta,
sombría, amenazadora;
que al maldecir á los hijos
de la fiera sanguinosa
que asesinó á su familia,
maldijo á su sangre propia;
y por eso cuando Ataide
en su infancia fatigosa,
que siempre sobran fatigas
donde el dinero no sobra,
el bello semblante pálido
mostraba, y su linda boca
de arcángel no sonreia,
la maldicion pavorosa
helaba de espanto á Ayela,
surgiendo de entre la sombra
del imborrable recuerdo
de su desdichada historia;
y pasaron veinte años
de angustias y de congojas
para la pobre inocente
madre honrada, aunque no esposa,
y para el hijo sin padre,
del cual fué la herencia sola,
con la belleza de Ayela
y su sangre generosa,
el valor de Aben Jucef
y su condicion indómita.
Sin pan y sin esperanza,
y sola en el mundo, sola;
en los principios viviendo,
con llanto, de las limosnas;
rechazando altiva y pura,
si la buscó, á la deshonra;
brava su sino arrostrando,
errante como una hoja
que del árbol desprendida
va allí donde el viento sopla;
con su tesoro cargada,
y libre como una alondra,
danzando cual bayadera,
cantando cual trovadora,
diciendo las buenas hadas
en natalicios y bodas;
vendiendo filtros de amores
y oraciones milagrosas;
ornando con oropeles,
collares y falsas joyas
su portentosa hermosura;
sin más amor que su ansiosa
pasion por su pobre hijo;
por valles, cerros y lomas,
parando en las alquerías,
en las villas populosas,
y en las altivas ciudades
que de torres se coronan;
marchitando su hermosura
las fatigas, las zozobras,
y de su llanto apenado
la corriente silenciosa,
y de su dormir inquieto
las sombras aterradoras,
á la juventud viril
llegó de Ataide, ya rotas
sus fuerzas, su juventud,
y con canas presurosas
la pálida frente ornada,
anciana ya áun siendo moza.
Siempre con el miedo horrible
de que en fatídica hora
su maldicion alcanzase
al hijo de sus congojas,
su único bien en el mundo,
aquella noche en que llora
por la tardanza de Ataide,
una fatídica sombra
su delirante cabeza
asalta y la vuelve loca:
nunca más vivo el recuerdo
de la noche tormentosa
de su desdicha la aqueja;
la faz repugnante y torva,
por el deseo irritada,
de su asesino, medrosa
cual si pasado no hubieran
los años, abrumadora,
impregnada de amenazas,
en frio pavor la ahoga;
y ya no reza ni siente
crujir la puerta premiosa
del huerto, ni unas pisadas
sobre la arena sonoras;
pero Radjí se levanta
penosamente, la cola
menea, con sus gruñidos
la atencion de Ayela evoca,
que de su estera se alza
y á la puerta llega ansiosa,
palpitante, en el momento
en que Ataide al umbral toca,
y muriendo de alegría
entre sus brazos se arroja.
IV.
—¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!—
Ayela anegada en llanto
dice con voz amorosa.—
¡Jamas he llorado tanto!
¡Jamas con igual espanto
tu vuelta esperé afanosa!
Y de su cuello colgada,
besándole enloquecida,
por las lágrimas velada
la mirada enamorada,
por la pasion encendida
y en Ataide encarnizada;
la pálida frente pura
reflejando la hermosura
del amor de los amores,
de la maternal ternura
olvidaba en la locura
de su espanto los horrores.
—¡Oh tu amor cuál te amedrenta!—
dijo Ataide conmovido.
—¡Sí, de la brava tormenta—
Ayela exclamó—el rugido
en mi corazon herido
siento horrible y me amedrenta!
Vén: la cena preparada
está ya; la blanda almohada
al reposo te convida;
pero ¡ay de mí desdichada,
en penas siempre anegada!
¿por qué has tardado, mi vida?—
Y de nuevo le besó
de amor trasportada, hambrienta;
y cuando de él se apartó,
cuando de improviso vió
su vestidura sangrienta,
desatentada exclamó:
—¡Ay de mí! ¡vienes herido!
¿Quién tu valor ha rendido?
¿qué terrible sangre es ésta?
—Vencedor, mas no vencido—
dijo Ataide.
—¡Y di, ¿qué ha sido
entónces de tu ballesta?
—El colmo de la ventura
me hizo olvidarla.
—¡Qué dices!
—¡Ah, la propicia aventura
dijo Ataide con locura:—
¡ah! ¡los augurios felices
del amor y la hermosura!
—Yo no te entiendo, ¡ay de mí!
¿Mas no estás herido?
—Sí;
pero con dardo de amor:
la suerte cruda hasta aquí
nos brinda con su favor.
Asienta y escucha.
—Di.
En el hogar la asentó
Ataide, y con voz ardiente
su aventura la contó,
y ella, abatida la frente,
estremecida, doliente,
en silencio le escuchó.
Ataide acabado habia,
Ayela permanecia
doblegada, muda, inerte,
y su alentar parecia
el hervor de la agonía
tras el cual viene la muerte.
Al fin, la faz levantando,
en su mirada infinita,
avara, á Ataide abarcando,
dijo, con voz inaudita,
cual consigo misma hablando:
—¡Maldita de Dios! ¡Maldita!
Luégo, su voz lastimera
resonó, vibrante, fiera,
aterradora, sombría,
cual rugido de pantera,
que al temor se desespera
de que la roben su cría.
—¡Maldita, sí!—ronca, dijo:—
¡Maldita, la que maldijo!
¡Un amor que muerte augura
colmando mi desventura,
mi vida, mi amor, mi hijo,
arrebate á mi ternura!
—¡Qué dices, madre!
—De aquí
partamos sin más tardar.
—¡No temas, espera en mí!
¡Tanta gloria he de alcanzar,
que mi Leila me ha de dar
Ben Jucef-el-Meriní!
¿Por qué, dí, te desesperas?
Yo arrancaré en las fronteras
ricas presas al cristiano;
y á sus plantas hechiceras
ella verá cien banderas
conquistadas por mi mano.
El encanto de mi amor
me hará incontrastable, fuerte;
calma tu ansioso temor,
¿por qué pensar en la muerte,
cuando propicia la suerte
consuela nuestro dolor?
El Rey me ennoblecerá,
Granada me aclamará,
ella y tú seréis mi encanto.
—¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto
la locura humana va!—
dijo Ayela con espanto.
—Enalteciendo á mi grey,
con mi sangre en las campañas,
por Dios, la patria y el Rey,
premio hallarán mis hazañas.
—Yo no conozco más ley
que el hijo de mis entrañas.
¿Qué rey nos tendió la mano?
¿Qué patria nos amparó?
Dios mismo, al dolor tirano,
doblegados nos dejó,
que la maldicion oyó
y no se maldice en vano.
—De temor estoy ajeno,
dijo Ataide ya impaciente—
aquel que maldice al bueno
el daño siente en su seno.
—¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente
da á sus hijos su veneno!
—¡Hijo soy yo de un maldito!
—Tú de tu madre el dolor
desoyes, y el hondo grito
de las ansias de su amor.
¡Dios es grande y vengador,
y cumple lo que está escrito!
—¿Y qué ha de cumplirse, di?
—Temo que te mate el fiero
Ben Jucef-el-Meriní.
Si sabe (de angustia muero)
tus amores..... ¡ah! ¡yo espero
que tengas piedad de mí!
¡Huyamos! De tu pasion
me estremece la locura,
se me hiela el corazon,
y pienso que, horrenda, oscura,
una horrible maldicion
nos lleva á la desventura.
—Mañana, al rayar el dia,
partirémos, madre mia.
—¡Oh! ¿Qué dices?
—En su empeño,
mi amor á la lid me envia.
—¿No me engañas? ¿No es un sueño?
—Me tarda el tenerla mia;
pero esta noche.....
—¡Oh, señor!
—Ella en la reja me espera,
piensa madre en su dolor,
si escarneciendo su amor
á hablar con ella no fuera
por la sombra de un temor.
—¡Oh! ¿Quién sabe?—Ayela dijo
para sí, con triste anhelo—
tal vez sin razon me aflijo:
¿Mas, qué madre por su hijo
no vive en tenaz recelo,
temiendo un afan prolijo?—
Y añadió, la voz temblando:
—En buen hora ve, mas cuida
que ansiosa quedo esperando.
—No he de tardar, por mi vida—
dijo Ataide—y la salida
ganó, impaciente escapando.
V.
Áun sonaban en el huerto
sus pisadas presurosas,
cuando recayendo Ayela
de su miedo en las congojas,
de insoportable pavor
dominada, de afan loca,
Radjí—exclamó:—vén conmigo,
precédeme: el rastro toma
de tu señor.—Y Radjí,
con marcha lenta, afanosa,
el huertecillo cruzando,
seguido de su señora,
el rastro tomó en demanda
de la pintoresca loma
del Albaicin, por callejas
estrechas, ágrias, medrosas,
ó entre vallados floridos
de cármenes, cuyo aroma
el aire con su fragancia
perfumaba deliciosa.
Á cada paso, al subir
una cuesta áspera y corva,
Ayela se detenia
jadeante, temblorosa;
su mano buscaba apoyo
en un muro, y de su boca
hervoroso se exhalaba
el ronco alentar que ahoga
y en el comprimido pecho
la sangre agitada agolpa.
Fatigada, dolorida,
llegó al fin á la Almanzora.
Desierta la calle estaba,
sumida en tinieblas, lóbrega,
y al amor no daba amparo
en sus rejas silenciosas.
Súbito choque de aceros
resonó: dos voces roncas,
una de viejo, irritada,
serena y jóven la otra,
de entre el silencio salieron,
terribles, tempestuosas.
Ayela, de horror transida,
que en la voz jóven, sonora,
á Ataide escuchado habia,
sus fuerzas cobrando todas,
por un milagro de amor,
cual revive luminosa
y brilla por un momento
una luz que á su fin toca,
ansiosa, rápida, ardiente,
corrió, llegó, y animosa
entre las fieras cuchillas
se arrojó, sublime, heroica,
para defender la vida
del que era su sangre propia.
En un recodo del muro
de la puerta que áun se nombra
de Albolut, ó el Estandarte,
y en el muro gris se apoya
del castillo del Romano,
esplendente, brilladora,
alta la luna en el cielo
bañaba una plaza angosta
entre el adarve robusto
y una torre altiva y roja,
que de sus almenas reales
ostentaba la corona.
Asida á su Ataide Ayela,
miraba, cual la leona
que á su cachorro defiende,
á Aben Jucef, que su cólera
trocado habia en espanto,
y ella, al verle, tembló toda.
Era él, el miserable,
que la triste una vez sola
vió en su vida, al resplandor
de la llama pavorosa
de su aduar incendiado,
rugiendo bravas las olas,
zumbando irritado el viento,
miéntras la voz angustiosa
de sus parientes pedia,
en vano, misericordia.
En su recuerdo indeleble
aquella faz espantosa
Ayela guardado habia;
y aquella mirada odiosa,
sensual y repugnante
que la contemplaba absorta,
era la mirada misma
de aquella terrible hora;
y él, que de Ayela tenía
en su conciencia la copia,
la devoraba mirándola
con expresion misteriosa,
mezcla de amor y de espanto
y dulce á la par que torva.
Y ella, apagando su ira,
que horrenda y aterradora
brillaba en sus negros ojos,
y con dulce y cadenciosa
voz, que doliente imploraba,
apenada y melancólica,
—¡Ved, señor, que éste es mi hijo
y que es mi esperanza sola!—
exclamó; y el fiero xeque,
con voz terrible, espantosa,
en que vibraban heridas
las fibras de su alma rotas,
—¡Maldito!—exclamó—¡maldito!—
y huyendo, la calle lóbrega
ganó, se perdió por ella,
y con voz triste, medrosa,
—¡Maldito!—repitió un eco
que surgió de entre la sombra.
VI.
Ataide, mudo, asombrado,
en negras ánsias perdido,
en la duda estremecido,
en un misterio anegado,
dudando si era soñado
aquel torrente de hiel,
ó una realidad cruel
que su esperanza rompia,
á su madre sostenia,
ansiosa abrazada á él.
Luégo miró con espanto
que agitada, convulsiva,
por la boca sangre viva,
por los ojos triste llanto,
lanzaba Ayela, y que en tanto
la muerte apagaba impura
de sus ojos la hermosura,
y con mate palidez
manchaba la limpidez
de su nítida blancura.
Soportando su agonía,
Ayela, terrible, fuerte,
con la incontrastable muerte
pugnaba en lucha bravía;
su palabra se perdia
oscura, ronca é incierta,
y muy pronto helada, yerta,
dejando á Ataide perdido
en un misterio, un gemido
de dolor la dejó muerta.
Representar la amargura
es de Ataide empeño vano;
no tiene el lenguaje humano
voz para tal desventura.
Preguntad á la locura
y os responderá inclemente:
—Yo, del dolor en la fuente,
mato al alma infortunada:
soy la sombra, soy la nada
en un cadáver viviente.—
Y así Ataide. Al golpe rudo,
inesperado, violento,
anulado el sentimiento,
insensible, inerte, mudo
quedóse, y luégo, sañudo,
vuelto en sí, con la voz fiera,
—¡Venganza—gritó—aunque muera
en mi venganza mi amor!
¡Ay madre de mi dolor!
¡jamas á mi Leila viera!—
Y sus lágrimas brotaron,
y sus labios contraidos,
entre dolientes gemidos,
la faz de Ayela besaron;
luégo sus brazos la alzaron,
sobre el hombro la cargó,
desatentado partió
con el vértigo en la mente,
y gruñendo en són doliente
el fiel Radjí le siguió.
VII.
De improviso, voz vibrante,
grave, extensa, poderosa,
que se repite incesante,
y que de instante en instante
resuena más presurosa,
rompiendo el silencio hiende
el aire, léjos se extiende,
y á la ciudad despertando,
brava, al combate llamando,
hasta la vega desciende.
Es la sonora campana
de la alcazaba, que, fiera,
dice que gente cristiana,
de presa y conquista en gana,
ha roto por la frontera.
Con su carga dolorosa
por una altura desciende
Ataide; el rebato entiende,
y una mirada ardorosa
á la vega ansioso tiende.
En los picos de la sierra
las atalayas ardiendo
hacen la señal de guerra,
su roja hoguera, que aterra,
incesantes repitiendo.
—¡Ah, nos embiste el rumy!—
siniestro Ataide exclamó—
¡mi venganza es cierta! ¡sí!
¡no ha de escapárseme allí!
¡él primero! ¡luégo yo!
Y á su Leila recordando,
sintiendo que la perdia
á Jucef exterminando,
con el alma en agonía
siguió la cuesta bajando.
VIII.
Y truena y retumba
la voz de combate,
despierta Granada;
sus puertas se abren,
y el rey con sus nobles
y sus estandartes,
y moros sin cuento,
jinetes é infantes,
allá por Elvira
rebosan y parten,
y cruzan la Vega,
y allá adonde arde
incendio terrible
de mieses y hogares,
rugiendo adelantan
por sotos y valles.
IX.
Ya el ejército domina
una encumbrada colina,
y al fin al contrario ve
sobre la encantada tierra,
que de Elvira la alta sierra
se tiende fértil al pié.
Y ya venciendo á la aurora
puro el sol las cumbres dora,
y á su roja ardiente luz
reflejan centellas puras,
las brillantes armaduras
del Profeta y de la cruz.
Ambas huestes se hostilizan,
llegan, chocan, se encarnizan,
tras el potente embestir,
y el eco va retumbando
de monte en monte lanzando
el fragoroso reñir.
Arde la fuerte bombarda,
y allí, donde no se aguarda,
va su disparo á caer,
y al trueno espantable y fuerte
un alarido de muerte
viene horrible á responder.
X.
Y saltan lanzas
hechas astillas,
relumbran rojas
cien mil cuchillas,
todos revueltos,
todos trabados,
los capitanes
y los soldados,
y los jinetes,
y los pendones,
y las banderas,
y los pendones
entran y salen,
rugen, batallan,
cristiano y moro
do quier se hallan,
y de la sierra
por las vertientes,
la sangre corre
corre á torrentes.
XI.
Ya muchos de los que fueron
á la lid no están en pié:
muchos que salir miraron
el sol á su trasponer,
no le verán, que la muerte
horrenda con ellos fué.
El humo, el fuego, los gritos,
el estrago y el tropel,
el polvo que en remolinos
levantan los fuertes piés,
hacen una zambra horrible
en que danza Lucifer,
y ni ceden los cristianos
ni el moro piensa en ceder,
que todos de la victoria
buscan el noble laurel.
XII.
Sucedió esta durísima batalla
que ensangrentó la granadina tierra
el año mil trescientos diez y nueve,
mañana de San Juan, triste y sangrienta
para el cristiano bando, y venturosa
para la gente indómita agarena:
en Castilla reinaba Alfonso Onceno,
y rey y emir de los alarbes era
el terrible Ismail. Los dos infantes,
causa imprudente de la atroz pelea,
eran don Pedro el uno, del Rey primo,
y su tio don Juan el otro era;
entráronse talando á sangre y fuego
la peligrosa granadina tierra,
y allí los dos infantes se quedaron
la muerte hallando en su insensata empresa.
Dia de luto fué para Granada
y para Ataide de fortuna excelsa,
que ganó, ya muy tarde, gran renombre,
favor del Rey, mercedes y nobleza.
Fué, que el bravo Ismail, harto empeñado
en la revuelta bárbara pelea,
el caballo perdió: cercado vióse
de cristianos sin fin, que á grande priesa
su desclavado arnés crujir hacian
de rudos golpes bajo lluvia densa.
—¡Es el Rey de Granada!—voceaban.—
—¡Á prision recibidle!—¡No! ¡que muera!—
y el tumulto arreciaba á cada instante
bramando en torno de la régia presa.
Contra el muerto caballo replegado
batallaba Ismail, cual la pantera
de innumerables canes acosada,
en los que alcanza brava se ensangrienta.
Rota la adarga, sobre el rojo polvo
tendida la riquísima cimera,
la corona de golpes destrozada,
desgarrada la toca al aire suelta,
de polvo y sangre y de sudor bañado,
le faltan, no el valor, sino las fuerzas,
y por sus fieros ojos centellantes
cruza horrible y fatal nube siniestra.
De repente, en el círculo terrible,
hacha en mano un mancebo se presenta,
que ante su paso arrolla á los cristianos
y á sus plantas exánimes los deja,
cual en las mieses la segur metiendo
el campesino infatigable siega.
Parece que el Altísimo á su brazo
poder terrible y misterioso presta,
por el hacha enrojecida corre
raudal de sangre, que á su paso deja
con rastro pavoroso señalado,
cual su rastro de horror marca la fiera.
Es Ataide que en vano al asesino
de su madre ha buscado en la pelea;
Ataide, á quien dolor de las entrañas
y el recuerdo tristísimo de Leila
y de su suerte el torcedor cuidado
en horrendo afanar le desesperan;
es que la muerte, como bien supremo,
por todas partes busca y no la encuentra.
Llega un momento, al fin, en que aterrados
los nazarenos en desórden cejan,
y al revolverse Ataide, con asombro
ve que el Rey admirado le contempla.
Libre se ve Ismail por su bravura
cuando creyó su perdicion ya cierta,
y los brazos le tiende, y en un punto
contra su bravo corazon le estrecha.
—¡Pide—dícele al fin—cuanto quisieres,
que por mucho que pidas, recompensa
pareceráme poco cuanta darte
mi potestad y mi cariño puedan!—
Y volviéndose á punto á los bizarros,
que en su socorro desalados llegan,
—Sin su valor—les dice—en este dia
de Rey quedára mi Granada huérfana.—
La vida le debí: llegárais tarde
si ántes él no acudiera á mi defensa.
Mi púrpura vestidle y que en Granada
entre á la par conmigo, y á mi diestra:
con mi estandarte Real en las batallas,
á mi lado de hoy más lidiar le vean,
y en su poder y en su favor conmigo
honrado premio y merecido tenga:
y ¡sús! á recoger, que ya el cristiano
ha pasado en desórden la frontera,
y á Granada llevemos la victoria
y del vencido la perdida presa.—
Y cabalga Ismail en un caballo
que sus humildes siervos le presentan,
y á Ataide con la púrpura vistiendo,
otro caballo igual gratos le muestran.
Marcha de triunfo tocan atabales,
y añafiles, dulzainas y trompetas,
y en la impaciencia de ostentar su triunfo
rápidos cruzan la tendida vega,
y por Elvira en la ciudad alegre
en cerrado escuadron altivos entran,
y del rey Ismail al par marchando,
las hermosuras que Granada encierra;
ven al hermoso Ataide y le codician
al verle junto al Rey de tal manera,
y Ataide, el desdichado, va llorando,
la mente en Leila y en su madre puesta,
y que es de gozo por su altivo triunfo,
los que le miran, con envidia piensan.

XIII.
A la Alhambra le llevó
el Rey, y con él entrando
en la sala de Comares,
viendo que su acervo llanto
no cesaba, interrogóle:
Ataide en acento opaco
le contó su desventura,
y el Rey atento escuchando,
cuando brevemente Ataide
finó su triste relato
le dijo con grave acento,
pero cariñoso y blando:
—Es misterioso y terrible
el decreto de los hados:
se cumple lo que está escrito:
si por tu madre en espanto,
Ben Jucef el Meriní
huyó en su fuga lanzando
una maldicion, ¿qué piensas
que esto fué?
—Yo no lo alcanzo
—exclamó Ataide abatido.
—Ben Jucef sabrá explicárnoslo
—dijo el Rey:—y de su guardia
al punto un kaid llamando
le mandó fuese á la casa
de Aben Jucef con mandato
de que, sin perder momento,
se presentase en palacio.
El kaid salió, y á poco
volvió trayendo recado
de que en aquel mismo dia
Ben Jucef, abandonando
á Granada con su hija,
con una guardia de esclavos
y á su torre de Almuñécar
el camino enderezando,
á pasar al Mogreb iba
resuelto y determinado.
—¿Cuándo partió?—dijo el Rey.
—Al amanecer.
—¡No ha estado
entónces en la batalla!
Que enjaecen dos caballos;
tú kaid con cien zenetes
nos iréis acompañando.
Véte.—Y tú no desesperes,
que, pues salvaste bizarro
mi vida, yo salvaré
tu corazon en los brazos
de Leila, ó con su cabeza
Ben Jucef me dará el pago.—
Poco despues, sin reposo
de su abrumador cansancio,
el Rey y Ataide partian,
sirviéndoles de resguardo
cien alentados zenetes
en poderosos caballos,
y por la puerta de Lachar
lanzándose sobre el campo,
atravesando el Genil,
hácia la costa bajando,
por la falda de la sierra
tomaron al trote largo.

XIV.
Ya el sol sobre su ocaso descendia
abrillantando las hinchadas aguas,
y en el brumoso y cárdeno horizonte
rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas,
próxima tempestad y formidable
fatídicas, siniestras, auguraban,
cuando el Rey por las puertas de Almuñécar
se metió con Ataide y con su guardia.
Transidos, sudorosos los caballos
de la violenta presurosa marcha,
por montañas que al cielo se atrevian,
por valles que al abismo se humillaban,
inútiles al fin hubieran sido
á seguir la durísima jornada.
Supo el Rey que Jucef partido habia
con rumbo hácia la roca solitaria,
que avanzada á la mar con su arrecife
desde los muros, al levante, vaga,
coronada de niebla se veia
como un siniestro aterrador fantasma.
Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto,
á toda vela un barco se alejaba,
y de sus remos la pujante fuerza
ayudaba del viento á la pujanza.
—¡A la playa!—con voz temblando en ira
el Rey prorumpe, y á la playa bajan;
se quedan los caballos en la arena,
el Rey y Ataide y los zenetes saltan
á una larga y fortísima almadía,
que las agudas velas desplegadas,
el arraez atento al gobernalle,
la chusma al remo en las salientes bandas,
su bandera de rey enarbolando,
del barco de Jucef se pone en caza;
crecen las sombras y la bruma crece;
las olas, cual montañas, se levantan
rodando en turbillon, rugiendo horribles
al formidable empuje de la racha;
crujen atormentadas las maderas,
saltan silbando las forzadas jarcias,
y el Rey, que se mantiene en la crujía,
Ataide al lado, que agoniza y calla,
el Rey, que sin pavor mira la furia
del viento y de las olas encrespadas,
grita con ronca voz:—¡Cargad las velas!
¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava
venced del mar y el viento! ¡avante, avante,
que ese infame traidor se nos escapa!—
Y tanto reman, tanto maniobran,
que al fin la nave de Jucef alcanzan,
y los enormes ganchos de abordaje
en ella aferran y su mura asaltan;
como una tromba los zenetes entran,
cuanto á su paso encuentran desbaratan,
y al castillo de proa el Rey acude,
donde Jucef, inmóvil, se levanta.
Una mujer, que doblegada llora,
cuya flotante vestidura blanca
se señala en la sombra, ante él se mira
de feroces esclavos rodeada.
—¡Leila!—con voz de angustia Ataide grita.
—¡Tuya en la eternidad!—llorando exclama
la mísera doncella.—El Rey, airado,
llega á Jucef, y con la voz que manda
segura del respeto y la obediencia:
—¡Dame á Leila en el punto—dice—ó guarda!
Se estremece Jucef y en voz horrenda
prorumpe en su furor:—¡La infame al agua!—
Y se oye un grito de terror que hiela,
sobre la mura, despedida salta
una blanca figura que la ola
en su espumosa cresta coge avara.
Se demuda Ismail, silba su acero
arrancado con furia de la vaina,
y en el instante mismo la cabeza
de Jucef, de su tronco cercenada
por el terrible golpe, de la proa
rebota horrible y á la mar se lanza:
y Ataide, de dolor desesperado,
del castillo se arroja, la mar gana,
y allí á donde una blanca vestidura
sobre las ondas flota, ansioso nada;
sus esfuerzos redobla, avanza, llega,
y la cabeza de Jucef le aparta,
chocando en su cabeza, y siempre y siempre
que domina su vértigo y mar gana,
para llegar á Leila, formidable
la cabeza cruel lo estorba airada.
Leila, al fin, desparece entre las olas;
Ataide, loco de dolor, desmaya,
enervados sus miembros se entorpecen
y las olas horrísonas le tragan.
Desaferrada en tanto la almadía
por salvar á los náufragos avanza;
monta las olas y á la fin se encuentra
en frente de la roca en que, irritada,
rompe la mar con fragoroso estruendo,
y hasta la gruta sus espumas lanza.
Con asombro del Rey y de los suyos
la gruta gigantesca iluminada
por lívido fulgor fosforescente
se muestra, y de hermosura sobrehumana
esplendorosa, Leila, ansiosa gira,
buscando á Ataide que incesante vaga
en el pálido ambiente, y que angustioso
de amor, de espanto y de dolor en ansia
á ella tiende los brazos, que le mira
la rubia cabellera destrenzada,
y los brazos le tiende, y siempre y siempre
que se aproximan, en su giro, rauda,
revolviendo sus ojos infernales
la sangrienta cabeza los separa.
Al ver esta vision la frente humilla
el creyente Ismail, y en voz ahogada:
—¡Dios solo—dice—sabe los misterios
que en el humano corazon se guardan!
¡Él solo sabe lo que estaba escrito!
¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva!
¡Infierno del amor, de tí me aparto!
¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!
XV.
Y el Rey contó la tradicion sombría
de la espantosa roca, que áun se guarda,
y que en los bellos cuentos de la costa
áun el Infierno del amor se llama.

FIN.

PRECIO:
Una peseta en toda España.