—Perdonadme, señora,—dijo el familiar,—que yo creo que los duendes de esta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decir contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razón vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el que esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería y maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.
—¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?—dijo doña Guiomar.
—Sí, señora,—contestó el señor Ginés de Sepúlveda,—y ese preservativo es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz de la Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.
—De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla, libre de duendes estaría,—dijo doña Guiomar.
—Y no sólo vos,—respondió Ginés de Sepúlveda,—sino vuestra casa y las otras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.
—Pues mirad,—dijo doña Guiomar,—si me dais esa milagrosa medalla, os perdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad y mi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primer abrazo de hombre que he sentido.
—¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?—preguntó admirado el familiar.
—Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muerte lloro,—respondió tristemente doña Guiomar.
Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosados labios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciada persona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de ser doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo había dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que había que creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se le volvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa indiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave fénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese mentirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubiera dicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de una estrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y más desmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más y más fuerza le abrasaba el alma.
Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un encanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella su extraña confesión, no le hubiera dicho: