—¡Vive Dios, que o habéis de ser mía, o tanto haré, que habéis de soñar conmigo como si soñarais con el diablo!
Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías de las doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y esperaba a los señores, doña Guiomar dijo:
—Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los negros sucesos de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y déjese la prosecución para después de la siesta, que en el jardín nos juntaremos.
Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella, Margarita y Cervantes a comer con ella se fueron.
XII
De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos.
Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla de oro y plata, que no la mesa de una dama particular parecía, sino la del opulento Lúculo.
Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados, doña Agueda, ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su capellán, docto licenciado, ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa bendijo, después de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los aguamaniles, empezó la comida, tan variada y tan suculenta, que más que comida ordinaria, banquete de Estado parecía.
Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana, y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solícitos y diestros, y seis u ocho en número, las viandas servían, yendo sin cesar de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.