Una mañana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellas ventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, no duendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, que andaban por allí como reconociendo y tomando trazas. Era una dama como de veinte a veinticuatro años, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, de buen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble y riquísimamente. Acompañábanla dueña quintañona y rodrigón avellanado, y la hablaban con encarecimiento, y proponíanla, a lo que parecía por las señas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras. Seguíanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla de tijera y el otro un cojín de terciopelo con rapacejos de oro debajo del un brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por último, cuatro lacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servían.
No había que dudar de que aquella era una gran señora, si no princesa, por lo menos de título, y cuando no, riquísima; y en punto a nobleza, rebosaba de ella y olía que trascendía. No yendo con ella persona que por la apariencia en calidad se la igualase, había que pensar que era viuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieran acompañado.
Alegráronsele los ojos y aun las entrañas a Viváis-mil-años, porque se le ocurrió que la que de tal manera, y con dos que parecían maestros de obras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, debía haber comprado la casa, y empezó a echar cuentas con los provechos que tan buena vecindad podía procurarle; porque pensar que a tal divina beldad no habían de acudir como moscas a la miel los enamorados, era ser simple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba por seguros, y en los cuales él andaría como una importantísima persona, lo cual le produciría buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todo lo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dejó la ventana, se dejó ir por las fementidas escaleras, y se lanzó en la calle, yendo a dar con su cuerpo en el bodegón de la tía Zarandaja, que en cuanto le vio acudió a la marmita, llenó una escudilla con uña de vaca y morcilla de lustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo último del figón, se había sentado, como lo acostumbraba, el señor Viváis-mil-años.
Preguntole él, oyole atentamente ella; díjole que a lo que ella había pesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista había visto en el jardín de la casa del duende, era una riquísima señora indiana, que, con sus criados y algunos toneles llenos de oro, había venido de Méjico, y aposentádose en la posada de la Cabeza del rey don Pedro; y que había comprado la casa, ignorando que tenía duende, a su dueño el señor marqués de los Alfarnaches; y que lo que el señor Viváis-mil-años había visto, era que la susodicha hermosa y riquísima viuda indiana buscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en un paraíso en que solazarse.
Preguntó el rapista a la bodegonera de dónde había sacado todas aquellas noticias, y díjole ella, que el rodrigón que había visto acompañando a la hermosa indiana, había ido tres días antes al bodegón, y la había preguntado quién fuese el amo de la casa deshabitada y si sabía que la casa se vendiese, a lo que ella había contestado ocultándole lo del duende, lo cual la había valido un buen regalo del señor marqués de los Alfarnaches, a quien había avisado en buen tiempo, y que el señor marqués la había dicho después, que la tal dama se llamaba doña Guiomar de Céspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que al morir su marido, que había sido un viejo oidor de la chancillería de Méjico, había hecho buenos doblones su hacienda, y se había venido a Sevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido a Méjico, todos la creían y la llamaban indiana.
Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias su escudilla de uña y morcilla el señor Viváis-mil-años, y se restituyó a su casa, sacó la celosía y colgó las bacías a la puerta, y se puso a rasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad de rasurarse.
Al otro día sobrevinieron albañiles y todo género de artistas, y empezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no había persona que pudiese reconocerla, según que había sido de compuesta y trastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habíase quitado la antigua piedra de armas y puéstose en su lugar otra, y el jardín se había desbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que se había hecho de él, antes selvático, intrincado y desapacible, una verde y hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, habían llenado las cocheras y las caballerizas; y en el zaguán hervían los lacayos con librea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas a todo lo largo de ellas.
En fin, un domingo, la hermosísima viuda doña Guiomar de Céspedes y Alvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entró, la casa se cerró a piedra y lodo, y de tal manera que no parecía sino que lo que en la casa se había hecho había sido para encantarla después; la puerta principal no se abría sino por la mañana entre dos luces, para que saliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermosísima doña Guiomar, y una hora después, cuando la silla de manos volvía; tanto a la ida como a la venida acompañaban la silla de manos la dueña, el rodrigón, los dos pajes, con la silla, el cogín y la alfombra, y los cuatro lacayos bigotudos que Viváis-mil-años había visto, como hemos dicho en otra ocasión, acompañando a la dama en el jardín o huerta de la casa del duende.
Siguió una mañana Viváis-mil-años a la viuda, y vio que la llevaban a la catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla de San Fernando; y que allí los pajes extendían sobre el blanco mármol la alfombra, abrían la silla de tijera, y ponían delante de ella el cojín de terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana se arrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oída la misa de alba, la dama se levantaba, recogían los pajes cojín, silla y alfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de los Naranjos, tomaba allí su silla de manos, y se volvía a su casa.
Poníase en acecho en la catedral Viváis-mil-años, atisbaba, pero nada podía sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas era gallarda; que sus manos, que tenían un rico rosario de perlas, eran más nacaradas que ellas, y que oía la misa con una singular devoción: en cuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba su talle un cumplido manto de raja de Florencia.