—Pues, mal hombre, y protervo, y maldito que vos sois,—exclamó doña Guiomar,—¿cuándo vos habéis merecido el amor, no digo yo mío, sino de cualquiera otra que como yo tenga alma? ¿ni qué sabéis vos qué cosa es amor, si en vos no hay más que deseo corrompido, y lascivia asquerosa, y sangre podrida, y alma ennegrecida por el continuo comercio y trato del vicio, de la mentira y de la desvergüenza? ¿Pero qué mucho que vos seáis así, si hombre sois? ¿ni cómo puedo deciros yo que os desprecio, sin decir que desprecio a los hombres todos? que no hay uno solo que merezca, no ya que una mujer le ame, sino que en él piense, según que lo veo en lo que vos sois, que habiendo recibido de Dios claro entendimiento, no habéis entendido las delicadezas del alma de las mujeres, y cuanto para ellas no hay otra vida que el amor de su alma. Remedio no tiene lo que hecho habéis; que, de una parte, a esa, que honrada era, y que por vos sin honra gime, dicho se está que la debéis la honra; en cuanto a mí, yo no os amo; engañada estaba, y harto diferente de lo que sois os creía cuando os amaba, o mejor dicho, amaba en vos un sujeto de mi fantasía: de mi sueño he despertado; el fantasma de mi amor ha desaparecido; la estrella de mi esperanza se ha nublado, y el aliento de mi vida es ya un fuego del infierno que resistir no puedo, que el corazón me abrasa y en la desesperación de los condenados me arroja; que yo, antes de conoceros, el amor no conocía, y cuando le conocí, le amé, y tanto, que en tan poco tiempo, en mi vida, en mi única existencia posible trocose; y cuando le pierdo, cuando veo lo imposible de recobrarle, siento y conozco, sin que me quede ni aun el consuelo de una duda, que sin él vivir no puedo; y ya que sabéis esto, y que comprender debéis si es que ya la pasión, o el empeño, o el vicio y la maldad no os han entorpecido el entendimiento, que vos, causa de mi amor, no podéis ser mi amor, porque en vos no hallo lo que mi alma en el amor hallar deseaba; renunciad a toda esperanza de que yo, olvidándome de quién soy, y de lo que a mi honra y a mi conciencia debo, mi perdón os otorgue, por esposo os reciba y en vuestros brazos me eche. No, que no sois vos el que yo creía; y no siéndolo, vuestras traidoras palabras, en vez de engañarme, me desesperan; en vez de contentarme, me ofenden; en vez de halagarme, me atormentan, y me avergüenzan en vez de satisfacerme; porque creo que me juzgáis capaz de seguiros en la torpe prosecución de vuestra falta, y hacerme cómplice de ella, y cruenta y homicida como vos; que allí está en mi propio lecho la que ser debe vuestra esposa, la que ya lo es, porque ante Dios por esposa la habéis tomado, y ella, esposa vuestra creyéndose, en vuestros brazos ha caído enamorada. Y no os digo esto por reprenderos, por persuadiros, por hacer de vos caso alguno por el que en alguna manera yo a vos pueda asemejarme, sino para deciros, y esto debí deciros sin otras demostraciones que os hicieran creer que en mí duraba la en mal hora concebida pasión que por vos he sentido, que si a romper sagrados lazos que vos habéis hecho, y a faltar a obligaciones en que voluntariamente os habéis puesto, os movían y os mueven, no mi hermosura, si es que para vos alguna he tenido y tengo, no un encendido y disculpable deseo, sino las muchas riquezas que mis paires me dejaron y que se aumentaron con las que me dejó mi buen marido, vuestras son, que los muertos no han menester del oro, ni más que de una tumba en que descansar en paz, si es que aun en la tumba pueden hallar reposo.

Sintió Cervantes una tan indecible amargura, un tal desgano de la vida, una tal cosa horrenda y nunca de él sentida, que no se sabe lo que en la desesperación de verse así menospreciado, así perdido, así humillado, hubiera pasado por él. Pero ni aun tuvo tiempo de reposar en la vengativa injuria, o más bien lamentable engaño de doña Guiomar, porque esta, apenas hubo dicho sus últimas palabras, tan últimas, que necesidad no tuvo, ni deseo ni pensamiento de decir ni una sola más, y sí de poner por obra lo que su desesperación la hacía sentir, que era librarse del peso de su pobre y atormentada existencia, echó mano tan rápida y tan inopinadamente a la espada de Cervantes, que antes de que él pudiese evitarlo la desenvainó, y haciéndose atrás, ante Cervantes quedose inmóvil y muda, mirándole como ojos humanos no han mirado jamás a criatura.

Y Cervantes que esto vio, turbado con lo que le acontecía, abriéndose el coleto, la dijo con voz serena, pero triste y apenada.

—Si la ofensa que tan sin voluntad os he hecho, señora de mi alma, no podéis perdonarme, y tal y tan sañosa es la ira que contra mí sentís que mi vida os enoja, y saciar con mi sangre queréis la sed de vuestra rabia, herid en buen hora, no tardéis; atravesad este corazón que sólo por vos late y que sólo por vos existe. Muera yo si con mi muerte desdichada daros algún contento puedo; y vivid vos y olvidadme como cosa maldita que junto a vos para fenecer en vuestra hermosura y acabar en vuestras manos ha llegado.

—Sí que morir debe quien en la vida encontrar no puede más que una agonía continuada, mil veces peor que una agonía una sola vez sufrida; y porque esto es tan cierto que no puede dejar de ser cumplido, cúmplase, y que Dios me perdone, porque en mí no he hallado valor para otra cosa.

Y corriendo rápidamente la espada, dejando caer su pomo en el suelo, y bajo el seno poniéndose la dura punta, se arrojó sobre ella, y con tal rapidez y tal violencia, que a la otra parte asomó casi en el mismo punto un palmo de enrojecido acero.

Gritó Cervantes, como por su dolor los condenados gritan.

Arrojose sobre doña Guiomar pretendiendo socorrerla, y halló que ya los turbios ojos volvía, y vio que en aquella su última mirada amor le decía, y amor que era tal, que no parecía sino que los cielos se mostraban en la moribunda mirada de aquella infelice.

Gritaba Cervantes pidiendo a voces socorro, y en sus brazos sostenía a doña Guiomar, y se teñía en su sangre, y entre sus brazos doña Guiomar se le moría; y empezaba a sentirse en la casa movimiento de gentes que a las desaforadas y desesperadas voces de Cervantes parecían acudir, y ni en salvarse pensaba Cervantes, ni en otra cosa que en reanimar con su aliento a doña Guiomar, que no era ya en sus brazos más que un cuerpo difunto.

No tardó en oírse rumor de voces.