Y como se sintiesen maravillados todos de su valor y entereza, diéronle doce soldados que mandase, y con ellos combatiese en el lugar del esquife, que era el de mayor peligro.
El disparo de un cañonazo de cada una de las dos capitanas, fue la señal del rompimiento del combate, que se trabó bravamente, y de una manera tan recia y con tal estruendo de arcabucería y de artillería, que no parecía sino que una pavorosa tormenta y espantable, de la mar y del viento habíase enseñoreado. Todo era humo, y fuego, y estrago, y cuerpos muertos que a la mar caían, y sangre que en la mar se vertía y la ponía roja; y acá sonaban los clarines y las trompetas y los atambores, y allá sonaban los añafiles, las dulzainas y las atakebiras; que no podían causar menos fragoroso estruendo en su combate con el turco más de trescientas naves grandes y pequeñas que la mar cubrían en un tan grande espacio como no se había visto desde los tiempos del imperio de Roma; y de estas naos, ciento sesenta y cuatro, y las mejor aprestadas, eran del rey de España; y del pontífice Pío V eran seis galeras y otras tantas fragatas; y llevaban los venecianos ciento treinta y cuatro naos, pero no tan bien armadas ni proveídas como las de España. Asistían allí también las galeras de Génova y de Malta, y no se cuenta gran número de trasportes que con la armada iban, armada inmensa, gente en grandísimo número a morir resuelta, alentada por la fe y por las indulgencias concedidas a los que en aquella empresa se encontrasen, que eran las mismas que se concedieron por otros pontífices a los conquistadores de los Santos Lugares, y que poco antes había llevado el nuncio de Su Santidad monseñor Ondescalco. Y era el orden de batalla: en la vanguardia, seis galeras venecianas; en el cuerno izquierdo iban sesenta galeras, comandadas por el proveedor Barbarigo; Juan Andrea Doria era el general de las sesenta galeras del cuerno derecho, y sesenta y tres galeras formaban el centro de la batalla, llevando en medio de ella la Real, y en ésta el generalísimo don Juan de Austria. A la derecha de la Real iba la capitana de Roma con su capitán Colonna, y la de Venecia con Veniero, a la izquierda.
Llevaba la Real a popa la nao del comendador de Castilla don Luis de Requesens, y con don Alvaro de Bazan, marqués de Santa Cruz, formaban la retaguardia treinta y cinco galeras.
Mayor en número de naves era la armada infiel.
Comandaba su cuerno derecho Mahomet Ciroko, virey de Alejandría; el dey de Argel, Aluch-Alí, comandaba el izquierdo, y el bajá Alí-Pachá se mostraba en el centro de la batalla con un gran número de naves, y otra formidable escuadra formaba a retaguardia.
En media luna avanzaban la una contra la otra las dos formidables flotas. El viento había calmado; el golfo, más que una mar turbulenta, un terso espejo parecía.
Embistió el primero el cuerno derecho de los turcos, a los que resistieron los venecianos.
Aluch-Alí había embestido a las naves del general Doria, y en este primer encuentro y trabazón de la pelea, la capitana de Malta fue cercada, embestida y entrada por muchas galeras argelinas, que pasaron a cuchillo a todos los caballeros, menos al gran prior y otros dos, que casi despedazados por terribles heridas, tuvieron por muertos.
Con no menor saña se embistieron las galeras de don Juan de Austria y de Alí-Pachá, y ya el combate se extendió por toda la línea, sin haber galera que no combatiese.
Se levantó el viento favorable a los cristianos, y como ya se ha dicho, un infierno terrible, que no otra cosa parecía la pelea, que todos peleaban como si hubieran sido inmortales.