No hay otro Dios que Dios, el Altísimo y Unico; é puede apartar de nosotros las desgracias; él sólo es fuerte; él sólo sabe la verdad; él vive en lo pasado, llena lo presente y abarca lo porvenir: noche de horror, y sombra de espanto cubrirán al mundo cuando aparte de él sus ojos, porque él es la fuente de toda vida, y la claridad de toda luz; sin él nada existe; él es fuente de sabiduría, sin la cual el hombre seria comparable á los brutos, que no saben que han de morir, ni para qué han nacido: loado sea Dios, el Altísimo y el Misericordioso, autor y vida de todo lo creado: la luz de su espíritu brille sobre este libro, y le haga visible á todas las gentes, y se conserve hasta la más remota posteridad.
Esta es la Historia de los siete Murciélagos, que compuso Noeman D'zvn-Nun-el-Aziz-el-Ferag, poeta andaluz que residió mucho tiempo en Granada, y fué soldado sirviendo honradamente á su patria, y peregrinó por extrañas tierras, dejando en pos de sí por donde pasaba, el perfume y la suavidad de sus versos.
Él vió en las antiguas historias los sucesos de los Beni-Nazar, y los del magnífico rey Al-Hhamar, y las hadas le contaron hermosas historias de amores y encantamentos.
Escribiendo esas historias distrajo el poeta andaluz su pobreza, y vosotros podreis distraer leyéndolas vuestro ócio: ellas os llevarán de una aventura en otra, y os dirán cómo fuéron gentes y cosas que hace muchos años han dejado de existir.
Salud y paz de buena voluntad á los que leyeren este libro, y la alabanza á Dios autor de cuanto existe, y el sólo que no perece ni puede perecer.
I.
El Valle del Hedjaz.
I.
Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus profundas gargantas, una oscura gruta, donde no penetraba más luz que la que se desprendia de un cielo tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres, sobre las cuales, descollaba como un minarete entre chozas una vieja y altísima palmera; al pié de esta palmera brotaba una fuentecilla, que iba á formar más abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia centenares de años por pié humano, ni por errante gacela, ni sediento leon, no se oia otro ruido que el del viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la laguna y el grito de un buho que anidaba en lo más profundo de la gruta.