Doña Emerenciana tiró del cordon, y dió al lacayo órden de que nos llevase á la calle de... número...

No me atrevo á dar el nombre ni el domicilio del personaje ante el cual me puso doña Emerenciana.

Aquel señor la recibió como á una antigua y queridísima amiga.

Creyó ó hizo como que creia, que yo era sobrino de doña Emerenciana.

Estuvo conmigo amabilísimo.

En fin, me dió asunto para un artículo terrible de oposicion que debia ver la luz al dia siguiente en su periódico.

—Este artículo,—dijo el hombre político,—puede producir un lance personal, un lance grave, y producirá indudablemente una denuncia, si se escribe como yo espero lo escribirá usted: en fin, esta es una prueba: se hará ruido; se querra saber quien es el nuevo gladiador que aparece en el estadio de la prensa: jóven, las posiciones sociales cuestan muy caras: hay que hacer frente á grandes compromisos, á grandes peligros.

Pero cuando se llega á la cúspide...

Amigo mio,—añadió mirando su reló:—necesito de todo punto ir al Congreso.

Así, pues, adios, y hasta la noche, los esperamos á ustedes para comer; cuento con que usted traerá ya por lo ménos el plan del artículo.