Con la boca entreabierta.

Con las mejillas contraidas, convulsionadas, podria decirse.

Me adoraba.

Yo fenecia.

La así una mano.

Ella hizo un esfuerzo para desasirse.

La retuve.

Entonces con la otra mano me soltó una bofetada.

Y de firme.

—Yo te adoro á pesar de que eres un tunante y no mereces mi querer,—me dijo;—pero, ¿qué quieres? El sino de las criaturas; pero casaca, hijo mio, casaca ante todo, y para la casaca quisquis, muchos quisquis; sino, no hay que contar conmigo: te doy seis meses de plazo: si dentro de seis meses no has hecho tu posicion, si no me mereces me desinfecciono, te desahucio, te relego y me dedico á otro tunante que sea de más provecho que tú: los tengo así,—(y juntaba en piña sus preciosos dedos).