—Me engañáis, milord; me engañáis.

—Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

—Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el lecho.

—Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad, que á nadie he contado hasta ahora.

—Pero aquella mujer... observó Dik.

—¿Qué mujer?

—La bailarina.

—Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.