Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco.

Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.

El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en él.

El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano.

Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera, mandada por un sargento.

Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo.

El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba:

—No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la iglesia.

Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.

De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á rebato.