Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.
—¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.
—¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.
—¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.
—¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.
Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.
La infeliz madre dió un grito horrible.
El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.
—¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!
—¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos mucho...