Dicho esto, el marqués fue á aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribió un largo parte al capitan general de Granada, y le envió con un correo.

CAPITULO XXIX.

De lo que aconteció aquella misma noche en Granada.

Farax-Aben-Farax, con seis mil monfíes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la órden del emir, su marcha sobre Granada.

Pero estaban tan difíciles los pasos de la sierra, que para llegar á la media noche se vió obligado á elegir los mas prácticos en el terreno, los mas hábiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tomó á buen paso el camino de la ciudad.

Pero no llegó tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir á las iglesias á oir la misa del gallo, y volver tranquilamente á sus casas.

Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevenídos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron á moverse por sí solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfíes.

Por otra parte la tardanza de estos empezaba á desanimarlos.

Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alquerías de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un cañaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los walíes de la montaña el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde á Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaños de madera podían subir á un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo á la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albañil llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes á la primera señal.

Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente: