Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.
Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio de las tinieblas de la noche.
CAPITULO XXXVII.
En que se cuentan sucesos horribles.
Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su alquería de Cádiar.
Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada, fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.
Yaye estaba tambien profundamente pensativo.
—Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña Isabel.
—¿Romper por todo? exclamó esta.
—Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará: es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?