—¡Oh! ¡si quisiera Dios!
—¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!
Y doña Isabel se puso de pié.
—¿A dónde vas? la dijo Yaye.
—Ha salido la luna, contestó doña Isabel.
—No te comprendo.
—Dentro de un momento me comprenderás.
—Pero...
—Silencio... déjame hacer.