Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.

El caballo caminaba á la ventura.

De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.

Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon á Angiolina.

—Es una dama, exclamaron con asombro.

—Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.

—¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti.

—Y vos sois don Fernando de Válor.

—Sí, yo soy Aben-Humeya.

—Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.