Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á las espuelas y se negaban á correr.
Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.
Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con ella y se embreñó.
Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria obligado á abandonar su presa.
De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:
—¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?
Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo.
Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.
Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti.
Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya.