—Esa jóven corre por mi cuenta, dijo el marqués pronunciando estas vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular.

—¿Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? ¿quereis que os dé un testimonio de lo que habeis hecho por ella?

—No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por ella.

—¡Oh! ¡que generoso sois señor! Dios os bendiga.

—Dejad la tutela de esa jóven á la abadesa.

—Lo haré así.

—Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo satisfaga por vos.

—¡Ah! no señor; desgraciadamente quedé huérfano y sin pariente alguno muy jóven; he vivido consagrado á mi ministerio y nada tengo que hacer mas que legar la mitad de mis cortos ahorros á los pobres, la otra mitad á doña Elvira, á doña Elvira que es mi corazon, señor, añadió el buen sacerdote mirando de una manera anhelante al marqués.

—Descuidad, descuidad en mí, señor licenciado; si Dios ha dispuesto que murais, morid tranquilo: si en mí consiste doña Elvira será feliz.

—¡Oh! ¡gracias, gracias! ¡ahora dejad que os bendiga!