—Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas ¿quién se ha de quedar al frente de los dos mil monfíes que cercan la villa para que no pueda escapar Aben-Humeya?

—Dices bien. Adios.

—Adios, dijo Aben-Aboo.

—Adios, contestó Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se encaminaba á la plaza murmurando:

—¡Ah, mi noble y desgraciado señor! me he visto obligado á esperar mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables van á hacerse pedazos. ¡Tus hijos! ¡no podian ser tus hijos, no: aquellas cartas mentían! ¡si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera hablado á esos corazones de tigre! ¡y si eran tus hijos!... ¡oh Dios poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tiñe las manos en la sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.

Y entrando á punto en la plaza Harum, se encaminó hacia la iglesia transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja, llegó á un postigo oscuro de la tapia de un huerto.

CAPITULO XLIII.

De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento manejado por Harum.

Harum se detuvo junto á aquel postigo y escuchó con la mayor atencion.