—Ella es una sultana poderosa.

Sonrió sesgadamente Aben-Aboo.

—¿Y dónde están los monfíes? ¿qué se han hecho esos valientes? pregunta á Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y él te contestará:—«Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido á la clemencia del rey de España, los otros han pasado á Africa y los que quedan aquí vagan sueltos por la montaña sin obedecer á capitan alguno? ¡La poderosa sultana! ¿Dónde está su alcazar tan maravilloso de que nos hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfíes? Sueño, sueño todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de la montaña.

—¡Sueño! ¿pretenderás hacerme creer que la hija del emir, la sultana Amina, ó doña Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un sueño?

—Como un sueño ha pasado, repuso Aben-Aboo.

—¡Que ha pasado!

—Si; ha muerto: ha muerto de hambre....

—¡De hambre!

—Si; yo.... por recelo de que los monfíes me vendiesen.... porque yo siempre he desconfiado de ellos, pretendí tener en rehenes á la sultana Amina, y la guardé en una cueva.... no importa dónde. Yo mismo iba á llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de que yo volviera á apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada; cuando fuí en su busca la encontré muerta.

—¡Muerta!