Y fué á tomar la salida de la cueva.
—No, no has de salir, exclamó Harum; te he llamado porque aun quedaba vivo el último de los asesinos del emir.
Aben-Aboo sintió un terror pánico y quiso huir, pero el Zataharí, Abu-Amer y Barredo se asieron á él y le detuvieron.
Entonces Harum le hirió, y al caer le dió un terrible golpe con el mocho de su escopeta.
—¡Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.
—¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres como has matado!
Aben-Aboo hizo un débil esfuerzo pero cayó, y poco despues era un cadáver.
—¡Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, mañana presentaremos á este traidor al Presidente, y os será otorgado el perdon. Si nuestro emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados á acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. ¡Que se cumpla su voluntad!
Y como viese que algunos moriscos asian del cadáver de Aben-Aboo, y se dirigian al sendero de la cortadura les dijo:
—¿Para qué quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegará abajo si le arrojais por ahí.